miércoles, 4 de marzo de 2009

Isak Dinesen


Rungsted es una cuidad junto al mar, en la carretera costera entre Copenhague y Elsinore. Para los viajeros del siglo XVIII esta aldea, en otros sentidos poco distinguida, era bien conocida por su posada. La posada, aunque ya no sirve a los cocheros y a los pasajeros que transportaban, sigue siendo famosa: es el hogar de la primera ciudadana de Rungsted, la baronesa Blixen, alias Isak Dinesen, alias Pierre Andrézel.

La baronesa, que pesa como una pluma y es tan frágil como un puñado de conchas, recibe a sus visitantes en un salón amplio y resplandeciente, salpicado de perros dormidos y calentado por una chimenea y una estufa de porcelana; en el salón, como creación imponente surgida de uno de sus propios cuentos góticos, está sentada ella, cubierta de peludas pieles de lobo y tweeds británicos, con botas de piel, medias de lana en sus piernas, delgadas como los muslos de un hortelano, y frágiles bufandas color lila rodeando su redondo cuello, que un anillo sería capaz de abarcar. El tiempo ha refinado a esta leyenda que ha vivido las aventuras de un hombre con nervios de acero: ha matado leones que embestían, y búfalos enfurecidos, ha trabajado en una granja africana, ha sobrevolado el Kilimanjaro en los primeros aviones, tan peligrosos, ha curado a los masai. El tiempo la ha reducido a una esencia, igual que una uva se convierte en pasa o una rosa en perfume. Inmediatamente, aun en el caso de que uno no conozca su pasado, se da cuenta de que es la vrai chose, todo un personaje. Un rostro tan facetado, cuyos prismas desprenden un orgulloso centelleo de inteligencia y educada compasión, es decir, de sabiduría, no puede ser una ocurrencia accidental. Tampoco esos ojos, con kohl en los párpados, profundos, como animales de terciopelo acurrucados en una cueva, son posesión de mujeres comunes.

A los vistantes a quienes invita a tomar el té, la baronesa les sirve una merienda muy completa: primero jerez, y después tostadas, mermeladas surtidas, paté, hígado a la parrilla, crêpes con gusto a naranja. Pero la anfitriona no comparte la comida, no está bien, no come nada, nada en absoluto, oh, tal vez una ostra, una fresa, una copa de champán. En lugar de comer, habla, y como todas las artistas, y por cierto todas las antiguas beldades, es lo suficientemente egocéntrica para disfrutar de sí misma como tema de conversación.

Sus labios, con un leve toque de pintura, se tuercen en una sonrisa oblicua de contorno más bien paralítico, y en un inglés rico en inflexiones británicas, dice: "Ah, sí, esta posada podría contar una infinidad de historias. Pertenecía a mi hermano, se la compré. Last Tales pagó el último plazo. Ahora es mía, absolutamente. Tengo planes para ella, cuando muera. Será un refugio de pájaros, el parque, todo el terreno, un santuario para los pájaros. Durante los años que pasé en África, cuando tenía mi granja en las montañas, nunca me imaginé que volvería a vivir en Dinamarca. Cuando supe que iba a perder la granja, cuando estuve segura de que no podría conservarla, empecé a escribir los cuentos: para olvidar lo insoportable. Durante la guerra, también. La casa era una estación en el camino de los judíos que escapaban a Suecia. Había judíos en la cocina y nazis en el jardín. Tenía que escribir para no volverme loca, y escribí The Angelic Avengers, que no es una parábola política, aunque me pareció divertido que mucha gente pensara que sí. Hombres extraordinarios, los nazis. A menudo discutía con ellos, les contestaba con rudeza. Oh, no piense que quiero parecer valiente. No arriesgaba nada: formaban una sociedad tan masculina, que no les importaba lo que pensara una mujer. ¿Otro panecillo? Por favor, sírvase. Disfruto viendo comer. Hoy esperaba al cartero. Esperaba que me trajera un nuevo paquete de libros. Leo tan rápidamente, que me es difícil estar abastecida. Lo que le pido al arte es atmósfera, ambiente. Algo que escasea en el menú de hoy. Nunca me canso de los libros que me gustan, puedo leerlos veinte veces. Puedo, y lo he hecho. El rey Lear. Siempre juzgo a una persona según su opinión sobre El rey Lear. Naturalmente, uno quiere una página nueva, un rostro diferente. Tengo un talento especial para la amistad; con lo que más disfruto es con mis amigos: moverme, salir, conocer nuevas personas y ganármelas."

La baronesa, en verdad, se mueve periódicamente. Se apoya sobre el brazo afectuoso de la señora Clara Svendsen, patéticamente alegre, que es, desde hace años, su secretaria y compañera ("¡La buena de Clara! Al principio la contraté como cocinera. Después de tres comidas espantosas, la llamé a capítulo: "Querida mía, eres una impostora. ¡Dime la verdad!" Lloró, y me contó que era maestra, del norte de Dinamarca, y estaba enamorada de mis libros. Un día leyó un anuncio en el que pedía una cocinera. Así que vino, dispuesta a quedarse. Como no sabía cocinar, decidimos que sería mi secretaria. Lamento la decisión terriblemente. Clara es una horrenda tirana.") Juntas se van a Roma o a Londres, generalmente en barco ("En los aviones no se viaja; sencillamente, te transportan, como si fueras un paquete"). En enero pasado, el invierno de 1959, viajó por primera vez a los Estados Unidos, un país al que le está muy agradecida porque le dió su primer editor y su primer público de lectores. Su recepción fue comparable a la de Jenny Lind; por lo menos, superó a la de cualquier personaje de la literatura desde Dickens y Shaw. Apareció en la televisión, la revista Life le dedicó su portada, la única lectura pública de su obra programada se convirtió en una maratón de sesiones de lectura cuyas entradas incluso llegaron a revenderse y que culminaron con prolongadas ovaciones del público puesto en pie, y nadie, nadie, ha sido huésped de honor de mayor número de fiestas de homenaje. ("Fue delicioso. Nueva York: ¡ah! Allí sí que suceden cosas. Almuerzos y cenas, champán, champán. ¡Todos fueron tan amables! Cuando llegué pesaba cuarenta y cinco kilos, y cuando regresé, cuarenta. Los médicos no sabían cómo seguía viva, insistían en que aquello podía haberme matado, pero ¡bah!, eso lo sé desde hace años. La muerte es mi novio más antiguo. No, sobrevivimos, y Clara...Clara engordó seis kilos.")

Su aceptación de la edad y sus consecuencias no es estoicamente definitiva. Se entrometen notas de sana esperanza: "Quiero terminar un libro, quiero ver las frutas del verano próximo, volver a Roma, ver a Gielgud en Stratford, quizá volver a los Estados Unidos. Aunque sólo sea eso. ¿ Por qué soy tan débil?", pregunta, tirando de sus bufandas lila con su mano morena y huesuda, y la pregunta, acompañada por las campanadas del reloj de la repisa de la chimenea y de una palabra susurrada por la señorita Svensen, invita al huésped a que se retire para que la baronesa pueda dormitar en un diván junto al fuego.

Cuando el visitante se va, es posible que le den un ejemplar de su libro favorito ("Porque trata de cosas reales"), el hermoso Lejos de África. Un recuerdo que lleva la dedicatoria "Je repondrai, Karen Blixen".

-Je repondrai- explica, de pie en la puerta, mientras como despedida, ofrece la mejilla para que se la besen-, yo responderé, un hermoso lema. Lo tomé prestado de la familia Finch-Hatton. Me gusta porque creo que todos tenemos una respuesta en nosotros.

Su respuesta ha sido sí a la vida, una afirmación de la que se hace eco su arte con un eco que despertará nuevos ecos.


Truman Capote